jueves, noviembre 25

Lo que fui a hacer a Colonia

Escribo esto de un tirón, más o menos como lo conté en terapia.

Hace menos de un mes estuve en San Pedro durante un mes y una semana, sola, en una casa de campo a 10 km de Colonia, en Uruguay. La casa era bastante grande y no tenía llave en ninguna puerta. La primera noche, cuando oscureció y lo único que podía ver mirando hacia afuera era mi reflejo en el ventanal del living, me sentí inquieta. Tomé media pastilla para dormir. Sobreviví.

Todos los días, más o menos lo mismo. Las tres primeras horas, de siete a diez, eran para ducharme, desayunar, y elegir el disco que iba a sonar todo el día. Las diez siguientes para escribir. Las dos últimas para cenar y leer.

La décima tarde apareció una perra con una pata lastimada. Le dejé comida, pero no se acercó. Los otros perros (los de los caseros, que tenían su casa más o menos a cien metros de la mía) le ladraban y la espantaban. Al día siguiente, el tacho de comida estaba limpio. Llegó la noche, volví a dejarle comida, el plato volvió a aparecer limpio. Hasta que la tercera noche la perra se acercó. La acaricié, entró al living, y se quedó conmigo. La bauticé Lola.

Lola era flaca, atigrada. Una perra lobo.

Pasó el mes. En la semana cinco, la última, ya había terminado todo lo que me había propuesto hacer ahí: estar sola en un lugar alejado de todo, sin internet y con pésima señal de roaming, soportándome. Y terminar mi novela. Ese jueves vino el veterinario. Esther, la casera, me había dicho que Lola podía quedarse con ellos a condición de que yo la hiciera castrar, porque en esa parte de Uruguay cada perro paga una patente (como un auto o una moto), y si la perra tenía cachorros iba a ser imposible mantenerlos. Contando a Lola, tenían diez perros.

El martes anterior a ese jueves (me volvía el lunes) yo había empezado a llorar. Poco -un rato a la tarde, otro a la noche-, pero constante. Me daba tristeza dejar a Lola allá y hasta había pensado en traérmela. Descarté la idea cuando la visualicé pasando calor en Plaza Houssay, con un paseador, rodeada de golden retrievers, con un collar de ahorque y su pata rota. No podía hacerle eso.

Agarré a Lola del cuello y le dije: “está todo bien”. El veterinario se acercó mientras yo la sostenía y le clavó la anestesia. Después me dijo que la dejara así, sin acercarme, unos quince minutos. Se fue. Nos quedamos ella y yo, solas. Lola empezó a mover la cabeza a izquierda y derecha, las pupilas dilatadas, queriendo –sin éxito- levantarse. No estaba todo bien. Yo la había engañado. Cayó dormida, se la llevaron. Yo me quedé leyendo el libro de esos días, “La casa de Dios”, de Samuel Shem. El diario de un médico que sale de la universidad y se enfrenta por primera vez a pacientes reales. O sea, a la muerte.

Tres horas después escuché el motor del auto del veterinario. Del baúl, él y un ayudante sacaron a Lola dormida. La agarraron cada uno de dos patas y me la tiraron en el colchón de mantas que le había preparado en el living. “Yo la había visto medio panzona”, dijo el veterinario, y después me comentó que la operación había salido bien pero que había sido más complicada (y por eso iba a ser más cara). Habían tenido que “vaciarla”: los ovarios, y también el útero, porque Lola tenía un embarazo de un mes. Siete cachorros. “Íbamos a traerte los huevitos, para que vieras que es cierto, pero nos pareció de mal gusto”. Les pagué. Se fueron. Volvimos a quedarnos solas.

Cuando tres horas después la perra empezó a despertarse, yo sabía que lo que pasaba era que estaba “volviendo a la vida”. Pero no parecía eso. Lola intentaba mover la cabeza, que le pesaba, y se le caía. Ni siquiera lograba abrir los ojos. Aunque estaba despertando, parecía estar muriéndose. Y la única persona que había ahí, para acompañarla, era yo.

La única vez que estuve frente a la muerte fue cuando murió mi mamá, en 1999. Estábamos todos (mi papá, mi hermano, mi abuela y yo) en la habitación del Hospital de Clínicas. Mamá estaba en la cama, quieta, hacía días ya que no hablaba. El momento de la muerte lo recuerdo así: nos quedamos todos en silencio. No hubo ninguna otra advertencia. Sólo esa: la repentina seguridad de todos, aunque nada distinto estuviera pasando en la superficie, de que en ese preciso momento, cuando nos quedamos todos callados, mamá empezaba a morirse. Yo di unos pasos hacia atrás, hasta llegar al umbral de la puerta abierta, y me quedé ahí. Mi hermano, sentado en una silla al lado de la cama, agarró la mano izquierda de mi mamá y apoyó su frente encima. Lloró. Yo no pude. Llorar, pero tampoco acercarme a tocarla. Tampoco pude tocarla más tarde, cuando volví a verla en el ataúd. En realidad, tampoco pude verla. Me quedé sentada en la antesala del lugar donde la velamos, en silencio, y sin llorar. La gente se sentaba al lado mío, me apoyaba una mano en el hombro, decía algo triste, y al rato se iba. Creo. Porque casi no recuerdo nada.

Cuando Lola al fin logró abrir los ojos empezó a llorar, muy bajito. Le agarré la pata con mis manos. Yo sabía que no se estaba muriendo, pero si se estaba muriendo, si yo tenía la desgracia y la gracia de estar ahí en el preciso momento en que se estaba muriendo, de ninguna forma pensaba salir de esa habitación. Iba a quedarme ahí, hasta el final, sosteniéndole la pata, acompañándola. Esto pensé. Mejor dicho, esto sentí. Y cuando sentí esto recordé lo anterior, lo que conté más arriba. Lo de la muerte.

Me puse a llorar, pero no como los días anteriores. Me puse a llorar de una manera que, la verdad, me dio miedo. Lo que sentía era: este llanto no termina nunca. Busqué el teléfono y marqué el número de mi novio, el único que iba a poder tranquilizarme. Lo que quería era dejar de llorar, dejar de pensar en mi mamá, pensar en otra cosa. Pero el teléfono no andaba. De pronto, y esto es absolutamente cierto, el aparato del teléfono pareció volverse loco y empezó a marcarse solo el número “7”, como si se hubiese trabado el teclado. Y cinco segundos después se apagó. Roto. Muerto. Estaba sola, y no podía hablar con nadie. A lo que estaba pasando, fuera lo que fuese, iba a tener que hacerle frente.

Dejé el teléfono en la mesa y volví a acostarme al lado de mi perra. Yo sabía que no se estaba muriendo. ¿Pero qué pasaba? Volví a agarrarle la pata, pero lo que agarraba, me pareció, era la mano de mi mamá. Pensé, y sentí, todo junto. No pienso dejarte sola, porque te podés morir, porque cuando te mueras no vas a estar más, porque la muerte existe. Algo que no sabía a mis diecinueve años. O que sabía, pero no podía manejar. No sé.

Yo sabía que Lola no se estaba muriendo. La que se moría, once años más tarde de haberse muerto, era mi mamá. Y yo me había quedado ahí con ella. Recién ahí, pensé, recién ahí terminaba lo que yo en verdad había ido a hacer a Colonia.

Esa misma noche, cuando ya estaba más tranquila, el teléfono se recompuso mágicamente y pude hablar. Le conté a mi novio lo que había pasado y mientras le contaba descubrí otra cosa. En mi novela, el protagonista está apremiado por una deuda enorme que tiene que pagar, que no sabe cómo va a pagar, y que termina siendo una deuda muy distinta de la que pensaba. Tiene una deuda, pero otra. Como yo. Que había ido hasta ahí a terminar la novela que quería escribir hacía mucho tiempo, una deuda conmigo, y que había descubierto, esa tarde, que la deuda que tenía era otra.

Este descubrimiento me puso muy feliz. Por la novela, por su autenticidad inconsciente, pero sobre todo por mí. La muerte era eso. Una cosa horrenda, una mierda incomprensible, pero real. No lo pensé, lo supe. Me pareció que había crecido. Cinco días después volví a Buenos Aires y hablé con Esther. Me dijo que Lola ya estaba muy bien, recuperada de la operación, y que se había hecho amiga de todos los otros perros.

10 comentarios:

chino dijo...

qué lindo esto, moret.
qué lindo

Loli dijo...

qué maravilla.

perica dijo...

uh. loli me linkeo este post.
TReMENDO. lloro con lagrimas en la oficina y me seco con un repasador

fran dijo...

groso

Sabrina dijo...

Hola! te dejo la dirección de mi blog, cuando puedas date una vuelta,

http://sabrina-eremita.blogspot.com/

Un beso

Anónimo dijo...

Pensé que iba a comentar y decir que el tema limpio, ¿lo hacen por ti mismo? Es realmente impresionante!

Anónimo dijo...

Simple y dulce. Estoy pensando en empezar otro blog o cinco muy pronto, y definitivamente voy a considerar este tema. Mantenga 'em coming!

Anónimo dijo...

la descompuesta tecnologia ayuda a componerte....la gran siete!

Alejandro Casanegra dijo...

Natalia

Cuando contás estas cosas, uno se siente menos mal. Uno es el otro, uno cualquiera. Y todos experimentamos, guardamos y cargamos cosas que no nos dan tregua. A veces encontramos paz, como vos.

En este caso, me sentí cerca, similitudes hay muchas, me sorprendiste.

No te conozco, pero leí varios textos acá, y... me gusta como lo hacés.

Gracias.

Mr. Verbal Kint dijo...

No sé cómo llegué hasta acá, poco importa. Pero quiero decirle que este relato suyo es de un desconsuelo sublime. Si alguna vez llegó a publicar esa novela, hagameló saber!
Saludos