el veranito, al veranito voy
viene de acá
Me contó el plan que acababa de ocurrírsele. Le dije que me dejara pensarlo, que me daba miedo, que no estaba bien. “Lo que no está bien es lo que nos espera si nos portamos bien, entendés?”. “Sos mi hermana o no?”, dijo después, y yo me dejé llevar, me contagié y le creí todo y le dije que sí, que “estaba adentro”, y esa vez, me acuerdo, fue una de esas veces en que pensé que el futuro me deparaba un montón de cosas buenas.
Pasamos toda la semana ultimando los detalles del atentado en el quincho, entre piletazo y piletazo. Juli bajó todo a un cuaderno de Sarah Kay, especialmente elegido para despistar. El viernes a la noche no pudimos dormir. Ella, de la ansiedad. Yo del miedo por lo que íbamos a hacer.
Pasamos toda la semana ultimando los detalles del atentado en el quincho, entre piletazo y piletazo. Juli bajó todo a un cuaderno de Sarah Kay, especialmente elegido para despistar. El viernes a la noche no pudimos dormir. Ella, de la ansiedad. Yo del miedo por lo que íbamos a hacer.
El sábado a las 11 de la mañana estábamos en la puerta, bañadas y perfumadas, esperando que llegaran los chicos al potrero. A las 11.08 llegó uno. Unos minutos después, cuatro más. A las 11.15 en punto apareció David. “Dale”, dijo Juli, y se paró y cruzó, “vamos”.
Visto de cerca, David era una maravilla. Los brazos musculosos pero no tanto, las piernas musculosas pero no tanto, bronceado del sol de la calle, un ocre definitivo que no tiene nada que ver con el mejor dorado que puede pegar un blanquito en la mejor playa del Caribe. La piel de David estaba curtida por el sol que pega duro y parejo todo el año, cuando uno se la pasa todo el año duro y parejo bajo el sol, moviéndose.
La que habló fue Juli. David se limitó a responder con un “Hola” al “Hola” de mi amiga, y después de eso sonrió, se sorprendió o asintió, a medida que avanzaba el relato. Cuando Juli terminó nos quedamos a la expectativa, bastante nerviosas. David se prendió un cigarrillo y nos convidó. Yo dije que no con señas, y Juli, que nunca había fumado, agarró uno. “Dale”, me dijo, “no querés probar?”. Volví a decir que no. Juli pitó y tosió y tosió y pitó y pitó y tosió y se rió y al rato David dijo que sí. “Acordate”, le repitió Juli, “Los girasoles”.

Los días siguientes nos la pasamos pensando en lo mismo y hablando de otra cosa. Vimos El Resplandor por vez diecisiete. Tomamos sol, tomamos mucho sol. Y todas las noches nos acostábamos con David, Juli en su cama y yo en la matrimonial de mi abuela.
El martes llegó. Yo estaba en lo de Juli desde la mañana. Habíamos tomado unos tragos de whisky para mantener la serenidad. Miriam, la mamá de Juli, había llegado de hacer las compras y acomodaba latas y cajas en las alacenas mientras nosotras mirábamos la tele. Yo tenía una birome de esas que hay que apretar arriba para que salga la punta, y estuve así un rato largo, sin darme cuenta, apretándola a una velocidad increíble. “Qué pasa, Natalita?”, me dijo Miriam en un momento y a mí se me aceleró tanto el corazón que pensé que iba a morirme de taquicardia. Me puse roja, me di cuenta por el calor que me subió a la cara desde abajo, desde bien abajo, desde las mismas profundidades del infierno. Sonreí. Y entonces, mientras sonreía, se escuchó el ruido que hacen las llaves en la cerradura cuando el que abre no sabe cuál es la correcta, como cuando estás borracho, o como cuando estás entrando a una casa que no es tuya. Y sonreí más fuerte para no ponerme a llorar. Miriam se quedó quieta y después, cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, se acercó hasta nosotras, nos empujó atrás de la mesa y se nos puso adelante.
El martes llegó. Yo estaba en lo de Juli desde la mañana. Habíamos tomado unos tragos de whisky para mantener la serenidad. Miriam, la mamá de Juli, había llegado de hacer las compras y acomodaba latas y cajas en las alacenas mientras nosotras mirábamos la tele. Yo tenía una birome de esas que hay que apretar arriba para que salga la punta, y estuve así un rato largo, sin darme cuenta, apretándola a una velocidad increíble. “Qué pasa, Natalita?”, me dijo Miriam en un momento y a mí se me aceleró tanto el corazón que pensé que iba a morirme de taquicardia. Me puse roja, me di cuenta por el calor que me subió a la cara desde abajo, desde bien abajo, desde las mismas profundidades del infierno. Sonreí. Y entonces, mientras sonreía, se escuchó el ruido que hacen las llaves en la cerradura cuando el que abre no sabe cuál es la correcta, como cuando estás borracho, o como cuando estás entrando a una casa que no es tuya. Y sonreí más fuerte para no ponerme a llorar. Miriam se quedó quieta y después, cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, se acercó hasta nosotras, nos empujó atrás de la mesa y se nos puso adelante.
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2 comentarios:
Me gustó mucho tu cuento, tiene, tiene (si, soy tartamudo)una simpleza y emocionalidat que va más allá de las palabras, deja una sensación de incompletitud magnífica y al mismo tiempo cierra y encaja perfectamente.
Saludos,
Todos los caminos conducen a Roma.-
Debo admitir que estoy entrando en el target de "público cautivo", Moret.
Escriba...
Aunque sean cinco minutos más...
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